Historia (Parte 1)
Si alguna vez me has visto sonriendo en un video, probablemente pensaste que siempre estoy de buen humor.
Ojalá fuera tan sencillo.
Como cualquier persona, también tengo días en los que me siento cansada, confundida o simplemente necesito un descanso de todo.
Hay momentos en los que el teléfono no deja de sonar, llegan mensajes uno detrás de otro y parece que todo el mundo necesita algo de ti al mismo tiempo.
Antes eso me desesperaba.
Sentía que debía responder inmediatamente, que no podía detenerme ni cinco minutos porque el mundo seguiría avanzando sin mí.
Con el tiempo descubrí que estaba completamente equivocada.
Aprendí que también es necesario desaparecer un rato.
No desaparecer para alejarme de las personas que quiero.
Desaparecer para volver a encontrarme conmigo misma.
Hay un lugar muy especial al que siempre voy cuando siento que mi cabeza necesita descansar.
No es un sitio famoso.
No aparece en ninguna guía turística.
Ni siquiera tiene un nombre.
Es un pequeño puente de madera que cruza un río rodeado de árboles enormes.
La primera vez que llegué allí fue por casualidad.
Había salido a caminar sin rumbo.
Solo quería respirar aire fresco.
Mientras avanzaba por un sendero escuché el sonido del agua.
Seguí caminando hasta encontrar ese puente.
Recuerdo perfectamente que me apoyé sobre la baranda de madera y me quedé mirando cómo el agua seguía su camino.
No hacía ningún esfuerzo.
No tenía prisa.
Simplemente fluía.
Ese día entendí algo que jamás había pensado.
La naturaleza nunca se apresura.
Y aun así…
Todo sucede en el momento correcto.
Desde entonces, cada vez que siento que mi mente está demasiado llena, regreso a ese mismo lugar.
A veces llevo un café.
Otras veces solo una botella de agua.
Hay días en los que paso quince minutos.
Y hay otros en los que puedo quedarme más de una hora observando el río.
Muchas personas pensarán que es aburrido.
Pero para mí es uno de los momentos más valiosos de toda la semana.
Mientras el agua corre, empiezo a recordar cosas que normalmente olvido cuando estoy ocupada.
Recuerdo a las personas que me hacen bien.
También pienso en aquellas que ya no forman parte de mi vida.
Y, aunque suene extraño, le doy las gracias a todas.
Porque incluso las personas que alguna vez me hicieron daño terminaron enseñándome algo.
Aprendí a poner límites.
Aprendí a decir «no» cuando realmente no quiero hacer algo.
Aprendí que no todo el mundo merece un lugar permanente en nuestra vida.
Y, sobre todo, aprendí que la tranquilidad vale mucho más que tener siempre la razón.
Hay días en los que me siento en ese puente y simplemente cierro los ojos unos minutos.
Escucho el agua.
Los pájaros.
El viento.
Y es increíble cómo esos pequeños sonidos consiguen calmar pensamientos que durante horas no me dejaban en paz.
Muchas veces me preguntan cuál es mi secreto para sonreír tanto.
La verdad es que no existe ningún secreto.
Solo intento regalarme pequeños momentos que me recuerden que la vida no consiste únicamente en trabajar, correr o preocuparnos.
También consiste en detenernos.
Respirar.
Y agradecer que seguimos aquí.
Por eso, cuando de repente dejo de publicar durante unas horas…
No te preocupes.
Probablemente estoy en ese puente de madera, viendo pasar el río y recordándome que la felicidad casi siempre se encuentra en los lugares más sencillos.