LOS DIARIOS SECRETOS DE LA RUBIA
CAPÍTULO 1: EL CUADERNO QUE ESCONDÍA DEBAJO DE MI CAMA… Y QUE NADIE DEBÍA ENCONTRAR
Hay cosas que nunca le conté a nadie.
No porque fueran malas.
Sino porque sentía que, si alguien las leía, conocería una parte de mí que siempre intenté mantener en silencio.
Durante muchos años guardé un pequeño cuaderno debajo de mi cama.
Era viejo.
Las esquinas estaban dobladas.
La portada ya casi no tenía color.
Pero para mí valía más que cualquier otra cosa que hubiera en la casa.
Todo comenzó cuando tenía apenas doce años.
Vivíamos en una comunidad tranquila de la República Dominicana, rodeada de montañas, árboles de mango y caminos de tierra por donde pasaban más caballos que vehículos.
Nuestra casa era sencilla.
No tenía lujos.
Pero estaba llena de recuerdos.
Cada rincón tenía una historia.
Cada ventana dejaba entrar el olor de la lluvia cuando comenzaba a caer sobre el campo.
Mi mamá siempre decía que escribir ayudaba a sacar las preocupaciones del corazón.
Una tarde me regaló un cuaderno de tapas azules.
—Escribe lo que quieras —me dijo—. Algún día vas a agradecer haber guardado tus recuerdos.
En ese momento no entendí la importancia de sus palabras.
Esa misma noche escribí mi primera página.
Solo conté cómo había sido mi día.
Pensé que nunca volvería a usarlo.
Pero al día siguiente escribí otra vez.
Y al siguiente también.
Sin darme cuenta, ese cuaderno comenzó a conocerme mejor que cualquier persona.
Allí escribía mis alegrías.
Mis miedos.
Las veces que lloraba sin que nadie lo supiera.
Los sueños que todavía parecían imposibles.
Y hasta los pequeños secretos que nunca me atreví a decir en voz alta.
Con el tiempo empecé a esconderlo.
No quería que nadie lo encontrara.
Siempre lo colocaba debajo de mi cama, envuelto en una tela vieja para protegerlo del polvo.
Cada vez que salía de casa, revisaba dos veces que siguiera allí.
Tenía miedo de que alguien lo leyera.
No porque hubiera algo malo escrito.
Sino porque allí estaba la verdadera yo.
La que sonreía delante de todos, pero también la que tenía dudas.
La que parecía fuerte.
Pero muchas veces sentía miedo.
Había páginas donde escribía sobre los amaneceres en el campo.
Otras hablaban de los animales que cuidábamos.
También anotaba recetas que aprendía de mi abuela.
Y, de vez en cuando, pegaba dentro una flor seca que encontraba durante mis caminatas.
Con los años, ese cuaderno dejó de ser un simple diario.
Se convirtió en mi refugio.
Cuando estaba feliz, escribía.
Cuando estaba triste, escribía.
Cuando no entendía lo que estaba pasando en mi vida, también escribía.
Recuerdo una tarde en la que llovía muy fuerte.
Toda la familia estaba reunida en la sala mientras el agua golpeaba el techo de zinc.
Yo subí a mi habitación y escribí una frase que todavía hoy recuerdo de memoria.
«Quizá algún día alguien quiera conocer mi historia completa.»
Jamás imaginé que esa frase tendría tanto significado años después.
Pasaron los meses.
El cuaderno seguía creciendo.
Ya no era uno.
Eran varios.
Cada uno guardaba una etapa diferente de mi vida.
Uno hablaba de mi infancia.
Otro de mis primeros sueños.
Otro de las personas que marcaron mi camino.
Nunca permití que nadie los leyera.
Ni siquiera mi mejor amiga sabía que existían.
Hasta que ocurrió algo que todavía recuerdo perfectamente.
Una mañana regresé del conuco y encontré mi habitación diferente.
La cama estaba movida.
Una silla no estaba donde siempre.
Y el cajón de la mesita permanecía abierto.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Lo primero que hice fue mirar debajo de la cama.
El cuaderno seguía allí.
Respiré tranquila.
Pero desde ese día entendí que ya no era un escondite seguro.
Esa misma noche busqué otro lugar.
Lo envolví cuidadosamente y lo guardé donde jamás imaginarían buscar.
Fue la primera vez que sentí verdadero miedo de perder todos esos recuerdos.
Porque si desaparecían, también desaparecería una parte muy importante de mí.
Hoy, cuando vuelvo a leer aquellas páginas, sonrío.
Hay cosas que ya no pienso igual.
Otras me hacen reír.
Y algunas todavía consiguen emocionarme.
Cada palabra me recuerda de dónde vengo.
Me recuerda que antes de convertirme en La Rubia, fui una niña llena de preguntas, ilusiones y sueños escritos con tinta azul.
Ese cuaderno sigue existiendo.
No está debajo de mi cama.
Hace mucho que cambió de lugar.
Y aunque muy pocas personas saben dónde está…
Todavía guarda una página que nunca he mostrado.
Una página escrita una noche de luna llena.
Una página donde conté algo que cambió mi vida para siempre.
Y esa historia…
Te la contaré en el próximo capítulo.