🔥🎥 VIDEO PROHIBIDO #5: LA PERSONA QUE ME ESCRIBÍA TODOS LOS DÍAS ESTABA MUCHO MÁS CERCA DE LO QUE IMAGINABA

Durante varias semanas recibí mensajes de una persona que no conocía.

Al principio no les presté demasiada atención.

El primer mensaje llegó una mañana mientras estaba preparando café.

Mi teléfono vibró.

Miré la pantalla.

Era un número desconocido.

El mensaje decía:

«Hoy te ves diferente.»

Me pareció extraño.

No porque fuera algo particularmente importante, sino porque aquella mañana todavía no había publicado ninguna fotografía.

Ni siquiera había salido de mi casa.

Pensé que probablemente se trataba de alguien que me había visto el día anterior.

No respondí.

Unas horas después llegó otro mensaje.

«No te preocupes. Algún día vas a saber quién soy.»

Ahí comenzó todo.

Durante los siguientes días aparecieron mensajes similares.

Nunca eran amenazas.

Nunca me pedían dinero.

Nunca intentaban convencerme de nada.

Simplemente parecían mensajes de alguien que sabía pequeñas cosas sobre mi rutina.

«Hoy llevas una camisa blanca.»

«Estás tomando café.»

«Te gusta sentarte cerca de la ventana.»

Detalles simples.

Pero demasiado precisos.

Al principio pensé que alguien estaba intentando jugar conmigo.

Después empecé a sentir curiosidad.

Una tarde respondí:

«¿Quién eres?»

La respuesta llegó casi inmediatamente.

«Alguien que te conoce desde hace mucho tiempo.»

Le pregunté dónde nos habíamos conocido.

No respondió.

En cambio, escribió:

«Mañana recuerda mirar debajo de tu árbol favorito.»

No sabía si reírme o preocuparme.

Tenía un árbol favorito.

Uno enorme que estaba cerca de mi casa y donde muchas veces me sentaba a escribir.

Al día siguiente fui hasta allí.

Debajo del árbol no encontré nada.

Pensé que todo había sido una broma.

Hasta que vi una pequeña cinta azul atada a una rama.

La reconocí.

Era igual a una que había tenido de niña.

La llevé a casa.

Esa noche llegó otro mensaje.

«Ahora sabes que no estoy inventando nada.»

Por primera vez sentí miedo.

Le pedí que dejara de escribirme.

La respuesta fue diferente.

«No quiero molestarte. Solo quiero devolverte algo que perdiste hace muchos años.»

Pregunté qué era.

No respondió durante casi dos días.

Entonces llegó una fotografía.

La abrí.

Y me quedé completamente quieta.

Era una fotografía mía de cuando era niña.

Yo aparecía frente a la misma casa donde crecí.

No recordaba aquella fotografía.

Pero había algo todavía más extraño.

En el fondo aparecía otra persona.

Una niña.

Mi antigua amiga.

La misma niña de la historia que había descubierto días antes.

Sentí que todo comenzaba a conectarse.

Respondí inmediatamente:

«¿Eres tú?»

Pasaron varios minutos.

Finalmente llegó una respuesta.

«No.»

Después apareció otro mensaje.

«Pero conozco a la persona que estás buscando.»

No dormí bien aquella noche.

Al día siguiente recibí una ubicación.

Era un lugar que yo conocía perfectamente.

Una pequeña cafetería del pueblo.

Fui.

Me senté en una mesa junto a la ventana.

Esperé.

Pasaron diez minutos.

Veinte.

Treinta.

Nadie apareció.

Cuando estaba a punto de marcharme, mi teléfono vibró.

«Mira detrás de ti.»

Me giré.

Había una mujer sentada en una mesa al fondo.

Me estaba mirando.

No parecía desconocida.

De hecho…

Me resultaba familiar.

Se levantó lentamente y caminó hacia mí.

Cuando estuvo cerca, sonrió.

—Pensé que nunca ibas a venir.

—¿Tú eres quien me ha estado escribiendo?

Negó con la cabeza.

—No.

Entonces sacó algo de su bolso.

Era una fotografía.

La misma que yo había recibido.

—¿De dónde tienes eso?

Me miró durante unos segundos.

—Porque yo también estaba allí aquel día.

Sentí un escalofrío.

Me explicó que había conocido a mi antigua amiga.

Me contó que después de que nuestras familias perdieran contacto, ella había mantenido comunicación con algunas personas de aquella época.

Pero había algo que todavía no entendía.

—Entonces… ¿quién me ha estado escribiendo?

La mujer guardó silencio.

Después dijo:

—Creo que ya lo sabes.

No entendí.

Ella señaló mi teléfono.

—Mira la fecha de tus primeros mensajes.

Lo hice.

Todos habían llegado exactamente el mismo día de la semana.

A la misma hora.

Y entonces recordé algo.

Una persona que siempre aparecía cerca de mi casa cuando era niña.

Alguien que yo había olvidado completamente.

Un vecino.

Un joven que solía reparar bicicletas.

El mismo hombre que aparecía en una de las fotografías antiguas.

Sentí que se me helaba la sangre.

La mujer me miró.

—Él es quien ha estado intentando comunicarse contigo.

—¿Dónde está?

Ella respondió:

—Muy cerca.

Salí de la cafetería.

Miré hacia la calle.

Y entonces lo vi.

Al otro lado de la carretera.

Era un hombre mayor.

Estaba apoyado contra un vehículo.

Cuando nuestros ojos se encontraron, levantó la mano.

No hizo ningún gesto extraño.

Solo sonrió.

Mi teléfono vibró nuevamente.

Abrí el mensaje.

Solo decía:

«Ahora sí puedes preguntarme quién soy.»

Levanté la mirada.

El hombre seguía allí.

Y por primera vez entendí que algunos desconocidos no aparecen en nuestra vida para convertirse en una amenaza.

A veces aparecen porque llevan años esperando el momento adecuado para devolvernos una parte de nuestro pasado.

Y aquella tarde descubrí que el verdadero misterio nunca había sido quién me estaba escribiendo.

El verdadero misterio era…

por qué alguien había esperado tantos años para encontrarme.

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