🎥🚨 VIDEO PROHIBIDO #3: NUNCA DEBÍ SUBIRME A ESE VEHÍCULO

Hay decisiones que uno toma en apenas unos segundos y que después recuerda durante años.

La mía ocurrió una tarde de viernes.

Y todavía puedo recordar perfectamente el momento en que puse la mano sobre la puerta de aquel vehículo.

Si hubiera sabido lo que iba a ocurrir después, habría seguido caminando.

Pero en ese instante no tenía ninguna razón para pensar que estaba a punto de vivir una de las situaciones más extrañas que me han ocurrido.

Ese día había salido temprano.

Tenía que hacer unas compras en el pueblo y después visitar a una persona que vivía bastante lejos de mi casa.

El cielo estaba despejado, aunque algunas nubes oscuras comenzaban a aparecer sobre las montañas.

Cuando terminé mis diligencias ya estaba comenzando a oscurecer.

Normalmente regresaba antes de esa hora.

Pero ese día me entretuve más de lo previsto.

Cuando llegué al lugar donde acostumbraba esperar transporte, apenas había personas.

Miré mi teléfono.

La batería estaba en 18 %.

Suspiré.

Pensé que todavía tenía tiempo.

Entonces apareció una camioneta.

Era vieja, de color oscuro y tenía bastante polvo en la carrocería.

Se detuvo unos metros delante de mí.

El conductor bajó la ventana.

—¿Vas para el pueblo?

Le respondí que sí.

—Sube, que voy para allá.

Me quedé dudando.

No me gustaba mucho subir a vehículos de personas que no conocía.

Pero reconocí el modelo de la camioneta.

Era bastante común por aquella zona.

Además, el hombre parecía tranquilo.

Miré hacia el camino.

No venía ningún otro vehículo.

Así que finalmente acepté.

Abrí la puerta del pasajero y subí.

Ese fue el momento que muchas veces he pensado después.

Nunca debí subirme.

Al principio todo parecía normal.

El hombre conducía despacio.

Tenía la radio encendida a un volumen bajo.

No hablábamos demasiado.

Después de unos minutos me preguntó:

—¿Tú eres de por aquí?

Le dije que sí.

—¿Vives cerca del río?

Aquella pregunta me llamó la atención.

No porque fuera extraña.

Sino porque yo nunca había mencionado dónde vivía.

—No exactamente —respondí.

El hombre continuó conduciendo.

Unos minutos después volvió a preguntar:

—¿Y todavía vives con tu familia?

Esta vez lo miré directamente.

—¿Por qué pregunta?

Él soltó una pequeña risa.

—Curiosidad.

Miré por la ventana.

Algo no me gustaba.

No sabía exactamente qué.

Pero mi intuición me estaba diciendo que prestara atención.

Entonces noté que el camino que estábamos tomando no era el habitual.

—Creo que se pasó de la entrada.

El hombre respondió tranquilamente:

—Hay una carretera nueva más adelante.

No conocía ninguna carretera nueva.

Miré nuevamente mi teléfono.

No tenía señal.

Eso me puso todavía más nerviosa.

Intenté mantener la calma.

Pensé que quizá simplemente estaba tomando un desvío.

Pero entonces el hombre apagó la radio.

El silencio dentro de la camioneta se volvió incómodo.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí.

Mentí.

Quería que se detuviera.

Pero todavía no quería reaccionar de manera exagerada.

Pasaron unos minutos.

Finalmente apareció una pequeña casa a la distancia.

El hombre redujo la velocidad.

—Aquí tengo que recoger algo.

Miré alrededor.

No había nadie.

—Yo prefiero bajarme aquí.

Él me miró.

—Todavía falta bastante para el pueblo.

—No importa. Voy a esperar otro vehículo.

Por primera vez desde que subí, dejó de sonreír.

—Está bien.

La camioneta se detuvo.

Abrí la puerta.

Pero antes de bajar, escuché algo que me hizo quedarme completamente quieta.

El hombre dijo:

—Antes de irte… necesito preguntarte algo.

Lo miré.

—¿Qué?

Sacó un teléfono del bolsillo.

Lo colocó sobre el tablero.

La pantalla estaba encendida.

Había una fotografía.

Era una fotografía mía.

Sentí que el estómago se me cerraba.

No era una fotografía que hubiera publicado recientemente.

Era una imagen tomada meses atrás.

Yo estaba caminando frente a mi casa.

—¿De dónde sacó eso?

El hombre no respondió inmediatamente.

Solo miró la pantalla.

—Me dijeron que algún día iba a encontrarte.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién?

Antes de que pudiera responder, escuchamos el sonido de otro vehículo acercándose.

El hombre miró por el espejo.

Su expresión cambió.

—Tienes que bajarte ahora.

No entendía nada.

Pero esa vez no dudé.

Abrí la puerta y salí.

La camioneta que se acercaba pasó lentamente junto a nosotros.

Era un vehículo blanco.

El conductor redujo la velocidad.

Me miró.

Después miró al hombre de la camioneta.

Y continuó.

El hombre que me había llevado hasta allí arrancó inmediatamente.

Se marchó sin despedirse.

Me quedé sola al borde de la carretera.

Todavía tenía el corazón acelerado.

No sabía qué hacer.

Entonces mi teléfono recuperó la señal.

Entraron varios mensajes al mismo tiempo.

Uno de ellos era de un número desconocido.

Solo decía:

«No vuelvas a subirte a vehículos de desconocidos.»

Me quedé mirando la pantalla.

Pensé que quizá el mensaje había sido enviado por alguien que sabía lo que estaba pasando.

Pero antes de poder responder, llegó otro.

«Y no le digas a nadie que viste la fotografía.»

Ahí entendí que aquello no había sido una coincidencia.

Alguien sabía dónde estaba.

Alguien sabía con quién había viajado.

Y alguien sabía exactamente qué había ocurrido dentro de aquella camioneta.

Llamé inmediatamente a una persona de confianza.

Le conté todo.

Me pidió que compartiera mi ubicación.

Lo hice.

Mientras esperaba, me senté cerca de una pequeña tienda que todavía estaba abierta.

El dueño me preguntó si necesitaba ayuda.

Le expliqué que estaba esperando a alguien.

No quise contarle toda la historia.

Pasaron aproximadamente veinte minutos.

Finalmente llegó un familiar.

Subí al vehículo y regresé a casa.

Esa noche no pude dormir.

La fotografía no dejaba de aparecer en mi cabeza.

¿Por qué alguien había tomado aquella imagen?

¿Quién había enviado los mensajes?

¿Y qué significaba aquella frase?

«Me dijeron que algún día iba a encontrarte.»

Al día siguiente fui al mismo lugar.

La tienda seguía abierta.

Pregunté si alguien había visto la camioneta.

El dueño me dijo que sí.

Pero había algo todavía más extraño.

Me contó que aquel vehículo había pasado por allí varias veces durante las últimas semanas.

Siempre aproximadamente a la misma hora.

Pregunté si conocía al conductor.

Negó con la cabeza.

Después me dijo:

—Lo único raro es que nunca se detiene aquí.

Excepto ayer.

Aquella respuesta me dejó pensando.

Regresé a casa y busqué entre mis fotografías antiguas.

Quería saber si podía encontrar alguna pista.

Después de revisar cientos de imágenes encontré algo.

Una fotografía familiar tomada varios años atrás.

En el fondo aparecía una camioneta muy parecida.

No podía asegurar que fuera la misma.

Pero el modelo y el color coincidían.

Se la mostré a mi familia.

Nadie pudo identificarla.

Entonces recordé algo.

El hombre había dicho:

«Me dijeron que algún día iba a encontrarte.»

No había dicho quién.

Y esa era precisamente la parte que más me inquietaba.

Durante varios días no ocurrió nada.

Pensé que quizá todo había terminado.

Hasta que una tarde encontré un sobre debajo de la puerta de mi casa.

No tenía remitente.

Dentro había una fotografía.

La misma fotografía que había visto en el teléfono del conductor.

Pero esta vez había algo escrito detrás.

Una sola frase:

«Ahora sabes que no fue casualidad.»

Me quedé mirando aquellas palabras durante varios minutos.

Después rompí la fotografía.

No quería conservarla.

Pero todavía había algo que no podía sacar de mi cabeza.

La camioneta.

El hombre.

La persona que había tomado la fotografía.

Y aquella misteriosa advertencia.

Nunca descubrí quién estaba detrás de todo aquello.

Tampoco volví a ver al conductor.

Pero desde entonces aprendí algo que jamás voy a olvidar:

A veces la situación más peligrosa no comienza cuando algo sale mal.

Comienza mucho antes…

en el momento en que ignoramos esa pequeña voz interior que nos dice que algo no está bien.

Y si aquel día hubiera hecho caso a mi intuición desde el principio,

probablemente nunca habría subido a aquella camioneta.

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