Salí de esa oficina sin decir otra palabra.
No porque no tuviera qué decir. Sino porque en el momento en que el señor Peralta sonrió, entendí que cualquier cosa que yo dijera en ese escritorio iba a ser ignorada. Los hombres como él no escuchan. Solo reaccionan cuando las consecuencias llegan a su nivel.
Así que decidí llevarlas hasta allá.
Lo primero que hice fue ir al colegio. No a la dirección. Directamente a la coordinadora de convivencia, que es la persona que en teoría maneja estos casos. Le presenté el video, las fechas, los nombres. La señora me escuchó con cara de preocupación genuina y me dijo que iban a investigar.
Le dije que bien, pero que necesitaba que todo quedara documentado por escrito. Que me dieran un número de caso. Que cada reunión, cada decisión y cada comunicación quedara registrada con fecha y firma.
Se sorprendió un poco. No esperaba ese nivel de precisión de un padre que llegaba en estado emocional.
Lo que ella no sabía era que yo soy ingeniero de sistemas y llevo quince años documentando procesos. Sé exactamente lo que es un registro de auditoría y para qué sirve.
Salí del colegio con mi número de caso y una reunión programada para el día siguiente con el rector.
Esa noche hablé con Sebastián. Le expliqué, sin suavizarlo demasiado, que lo que le había pasado era un delito. Que grabar a alguien en un espacio privado sin su consentimiento y distribuir ese video es una violación a su privacidad que tiene consecuencias legales. Que yo iba a manejarlo como lo que era: un asunto serio.
Vi algo cambiar en sus ojos. No sé si fue alivio o sorpresa. Quizás las dos.
—¿Me estás diciendo que esto tiene arreglo legal? —preguntó.
—Te estoy diciendo que los que hicieron eso tienen entre 14 y 16 años —respondí—. Que hay una ley de responsabilidad penal juvenil. Y que dependiendo de cómo reaccione el colegio en los próximos días, vamos a decidir si esto se queda dentro de la institución o sale de ella.
Llamé a un abogado esa misma noche. Un amigo de la universidad que ahora se dedica al derecho de familia y menores. Me escuchó, le mandé el video y los registros que había armado, y me dijo que teníamos un caso sólido si el colegio no actuaba de forma adecuada.
La reunión con el rector al día siguiente fue reveladora.
El rector era un hombre de unos 55 años, con esa actitud de quien lleva décadas manejando conflictos entre familias y cree haberlo visto todo. Me recibió con condescendencia educada. Me habló de procesos internos, de mediación, de que los muchachos «estaban en una edad difícil.»
Yo puse el video sobre la mesa. O más precisamente, puse mi teléfono con el video en pausa en el fotograma más claro.
—Esto es distribución de material íntimo sin consentimiento de un menor —dije—. Quiero saber cuál es el protocolo de la institución para este tipo de situación específica y en qué artículo del manual de convivencia está contemplado.
El rector no supo responder de inmediato.
—Voy a necesitar esa respuesta por escrito antes del viernes —continué—. Porque si el colegio no tiene un protocolo para esto, eso también es información relevante.
Salí de esa reunión con una segunda reunión programada, esta vez con la junta directiva de padres incluida.
El señor Peralta se enteró al día siguiente. Su hijo le había contado que el papá de Sebastián había ido al colegio y que las cosas se estaban «poniendo serias.» Recibí una llamada de un número desconocido esa tarde.
Era él.
El tono había cambiado completamente. Ya no había sonrisas.
—Mire, creo que empezamos con el pie izquierdo —dijo—. Quizás podemos resolver esto entre nosotros, como hombres.
—Ya intenté eso —le respondí—. Usted sonrió.
Silencio.
—¿Qué quiere? —preguntó al fin.
Le dije lo que quería. Primero: que Tomás se disculpara con Sebastián en persona, no por mensaje, no por terceros. En persona. Segundo: que el video fuera eliminado de todos los grupos donde había circulado, con confirmación. Tercero: que Tomás y su grupo fueran separados de Sebastián en todas las clases posibles por el resto del año escolar.
—¿Y si eso pasa, usted deja el tema así? —preguntó.
—Depende de cómo se haga —respondí.
Hubo una pausa larga.
—De acuerdo —dijo.
La disculpa ocurrió el jueves siguiente, en presencia de la coordinadora de convivencia, del rector, y de mí. Tomás entró al salón cabizbajo, con su padre detrás, y se paró frente a Sebastián. Lo que dijo no era un discurso ensayado. Era torpe, incómodo, genuino en su incomodidad. Y eso, paradójicamente, fue lo más honesto que ocurrió en todo ese proceso.
Sebastián lo miró sin decir nada al principio. Luego asintió.
No lo perdonó en voz alta. Pero asintió.
De camino a casa le pregunté cómo se sentía.
—Raro —dijo—. Pero mejor.
Caminamos el resto del trayecto en silencio. Antes de entrar a la casa me dijo algo que no olvidaré:
—Papá, ¿cómo supiste cómo hacer todo eso?
Lo pensé un momento.
—No lo sabía —le dije—. Solo sabía que alguien tenía que hacerlo.
Me miró un momento y luego entró a la casa. Yo me quedé un segundo en la puerta, respirando el aire de la tarde.
Hay cosas que como padre no puedes proteger a tus hijos de vivir. Pero sí puedes protegerlos de vivirlas solos.
Eso fue suficiente para mí.