El mensaje seguía en la pantalla.
“Ahora sí me ves.”
Adrián no respiraba.
Sus ojos estaban fijos en el reflejo de la ventana… pero ya no había nada.
Nada.
Y eso era lo peor.
Porque hace un segundo…
sí había alguien.
Retrocedió lentamente.
Un paso.
Luego otro.
El corazón golpeándole el pecho como si quisiera salir.
—Esto no es real… —susurró—. Esto no puede estar pasando…
Pero el teléfono en su mano temblaba.
No por el aparato.
Por él.
Decidió moverse.
Rápido.
Encendió la luz del cuarto.
La iluminación blanca llenó el espacio de golpe.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
La cama.
La silla.
El armario.
La puerta… completamente abierta ahora.
Pero no había nadie.
Corrió hacia ella.
Miró el pasillo.
Oscuro.
Silencioso.
Vacío.
—¿Hola?… —dijo otra vez, pero más bajo.
Nada.
Ni un sonido.
Ni un movimiento.
Nada.
Volvió al cuarto.
Cerró la puerta con seguro.
Giró.
Respiró.
Intentando calmarse.
—Alguien está jugando conmigo… —dijo—. Tiene que ser eso…
Miró el teléfono.
Número desconocido.
Sin foto.
Sin información.
Solo los mensajes.
Solo las fotos.
Y entonces…
algo empezó a encajar.
Lentamente.
Como piezas sueltas que se unían.
—“No debiste volver…” —repitió.
Volver…
Volver a dónde.
Él vivía ahí desde hacía seis meses.
Solo seis meses.
Antes de eso…
No quiso pensar en eso.
Pero su mente no lo dejó.
Imágenes borrosas.
Recuerdos incómodos.
Sensaciones raras.
Ese apartamento…
no le era completamente desconocido cuando llegó.
Solo… lo ignoró.
Porque era barato.
Demasiado barato.
El teléfono vibró otra vez.
Adrián casi lo deja caer.
Nuevo mensaje.
“¿Ya recordaste?”
Un frío le recorrió la espalda.
—¿Recordar qué…?
Sus ojos comenzaron a moverse por el cuarto.
Más atentos.
Más nerviosos.
Y entonces lo vio.
Algo que no había notado antes.
Debajo de la cama.
Una sombra.
Pero no una sombra normal.
Era más oscura.
Más densa.
Como si algo estuviera… ahí.
Adrián se quedó inmóvil.
Mirando.
Sin parpadear.
—No… —susurró.
Se agachó lentamente.
Muy lento.
Cada centímetro le costaba.
Hasta que quedó a la altura de la cama.
Y miró debajo.
Oscuridad total.
Pero algo brillaba.
Muy levemente.
Sacó su celular.
Activó la linterna.
Y apuntó.
Lo que iluminó…
hizo que su cuerpo se congelara por completo.
Había una caja.
Vieja.
Polvorienta.
Como si llevara años ahí.
—Yo no puse eso… —dijo en voz baja.
La sacó lentamente.
Sus manos temblaban.
La caja estaba cerrada.
Pero no tenía seguro.
Solo una tapa.
Dudó un segundo.
Pero la curiosidad…
fue más fuerte que el miedo.
La abrió.
Dentro había…
fotos.
Muchas fotos.
Viejas.
Amarillentas.
Y en todas…
salía él.
Pero no como ahora.
Más joven.
Más delgado.
Diferente.
Y no estaba solo.
Había otra persona.
Siempre la misma.
Una figura.
Un hombre.
Alto.
De pie detrás de él.
En todas las fotos.
Observándolo.
Adrián dejó caer una de las imágenes.
—¿Quién es ese…?
Su respiración se aceleró.
Pasó a la siguiente foto.
Luego otra.
Y otra.
En una…
estaban dentro del mismo apartamento.
Pero no se veía igual.
Estaba deteriorado.
Sucio.
Abandonado.
Y él…
estaba ahí.
Sentado en el suelo.
Con la mirada perdida.
Como si estuviera…
esperando algo.
El teléfono vibró otra vez.
Adrián lo miró lentamente.
Nuevo mensaje.
“Te olvidaste de mí…”
Su mente empezó a colapsar.
—Yo no… yo no te conozco…
Pero en el fondo…
sabía que eso no era cierto.
Había algo.
Algo enterrado.
Algo que su mente había bloqueado.
Y justo en ese momento…
escuchó un sonido.
Dentro del cuarto.
No en el pasillo.
No afuera.
Adentro.
Lento.
Arrastrado.
Detrás de él.
Adrián se giró lentamente.
Muy lentamente.
Y entonces lo vio.
De pie.
A unos pocos metros.
La misma figura de las fotos.
Alta.
Inmóvil.
Observándolo.
Pero esta vez…
no era un reflejo.
No era una sombra.
Era real.
Demasiado real.
Adrián retrocedió de golpe.
—¿QUIÉN ERES?! —gritó.
La figura no se movió.
No habló.
Solo dio un paso hacia adelante.
Lento.
Pesado.
Y entonces…
susurró.
Una voz rota.
Profunda.
Que parecía venir de todos lados.
—Yo nunca me fui…
El mundo de Adrián se derrumbó en ese instante.
Porque esa voz…
no era desconocida.
Era suya.
“NO ERA UN EXTRAÑO… ERA ÉL MISMO… Y LO QUE DESCUBRIÓ CAMBIÓ TODO” – PARTE 3
El aire se volvió irrespirable.
Adrián no podía moverse.
No podía pensar.
No podía entender.
Esa figura…
esa voz…
era la suya.
—No… —susurró, retrocediendo—. Esto no es real…
Pero la figura dio otro paso.
Lento.
Pesado.
Como si cada movimiento arrastrara algo más que su cuerpo.
Sombras.
Recuerdos.
Culpa.
—Lo es… —respondió la voz, idéntica a la suya, pero más grave… más rota.
Adrián negó con la cabeza.
—No… tú no eres yo…
La figura se inclinó ligeramente hacia adelante.
Y por primera vez…
la luz del cuarto tocó su rostro.
Adrián sintió que el corazón se le detenía.
Era él.
Pero no como ahora.
Más pálido.
Más delgado.
Ojos hundidos.
Sin brillo.
Como si llevara años… vacío.
—Soy lo que dejaste atrás… —dijo la figura.
Silencio.
Un silencio que pesaba toneladas.
—¿De qué estás hablando…? —preguntó Adrián, con la voz quebrada.
La figura no respondió de inmediato.
Solo lo observó.
Como si lo estuviera evaluando.
Midiendo.
Esperando algo.
—¿Recuerdas… por qué te fuiste? —preguntó finalmente.
Esa pregunta…
abrió algo.
Un pequeño quiebre en la mente de Adrián.
Una grieta.
Y por esa grieta…
empezaron a filtrarse recuerdos.
Fragmentos.
Desordenados.
Confusos.
Pero reales.
El apartamento…
no siempre estuvo limpio.
Hubo un tiempo…
en que estaba oscuro.
Sucio.
Descuidado.
Él…
no salía.
No hablaba con nadie.
No comía bien.
No dormía.
Solo…
existía.
Adrián llevó las manos a la cabeza.
—No… no… no…
Las imágenes se intensificaron.
Días sin luz.
Cortinas cerradas.
Teléfono apagado.
Silencio absoluto.
Y una sensación constante…
de estar acompañado.
Pero no por alguien más.
Por algo dentro de él.
—Yo… yo estaba enfermo… —murmuró.
La figura asintió lentamente.
—No solo enfermo.
Roto.
Esa palabra…
golpeó fuerte.
Roto.
Sí.
Así se sentía.
Así se había sentido.
Pero había escapado de eso.
¿Verdad?
—Yo salí de aquí… —dijo Adrián, intentando convencerse—. Yo cambié… yo—
—Huiste —lo interrumpió la figura.
Silencio.
—No es lo mismo.
Adrián apretó los puños.
—¡Sí lo es! —gritó—. Yo dejé todo eso atrás.
La figura dio otro paso.
Ahora estaba más cerca.
Demasiado cerca.
—¿Entonces por qué volviste?
Esa pregunta…
lo destrozó.
Porque no tenía respuesta.
Porque en el fondo…
sabía que no fue casualidad.
Ese apartamento barato.
Esa sensación de familiaridad.
Esa incomodidad constante.
Todo…
lo había traído de vuelta.
—No… —susurró—. Yo no quería volver aquí…
La figura lo observó con algo distinto en la mirada.
No era odio.
No era rabia.
Era algo más profundo.
—Pero yo sí.
El frío recorrió todo el cuerpo de Adrián.
—¿Qué…?
—Yo te traje de vuelta.
Silencio absoluto.
—Porque no puedes escapar de mí.
El corazón de Adrián latía con fuerza.
—Tú no eres real…
La figura sonrió.
Pero no era una sonrisa normal.
Era triste.
Vacía.
—Soy lo más real que tienes.
Un paso más.
Ahora estaban a menos de un metro.
Adrián podía ver cada detalle.
Cada imperfección.
Cada marca.
Era como mirarse en un espejo…
pero viendo todo lo que había ignorado.
—Soy tu miedo cuando apagas la luz.
—Soy tus pensamientos cuando estás solo.
—Soy lo que callas cuando sonríes frente a otros.
Cada palabra…
era un golpe.
—Soy lo que eres… cuando nadie está mirando.
Adrián empezó a temblar.
—Cállate…
—No puedes.
—¡CÁLLATE!
La figura se detuvo.
Y por un segundo…
todo quedó en silencio.
Luego…
inclinó la cabeza.
—¿Sabes por qué te escribí?
Adrián no respondió.
No podía.
—Porque necesitabas verme.
El teléfono vibró otra vez.
Ambos miraron la pantalla.
Nuevo mensaje.
Pero esta vez…
no venía de un número desconocido.
Venía de un contacto guardado.
“Adrián.”
Sus manos comenzaron a temblar más fuerte.
—No… no…
Abrió el mensaje.
Era un video.
Duración: 00:27
Lo reprodujo.
La imagen apareció.
Era él.
Sentado en el suelo.
En ese mismo apartamento.
Oscuro.
Desordenado.
Deteriorado.
Mirando a la cámara.
Pero no era el Adrián actual.
Era el otro.
El de antes.
El que estaba frente a él ahora.
En el video…
sonrió.
Una sonrisa vacía.
Y habló.
“Si estás viendo esto… es porque volviste.”
Adrián dejó escapar un sonido ahogado.
—No…
“Significa que intentaste escapar… otra vez.”
El video continuaba.
“Pero no importa cuánto corras… siempre regresas.”
La respiración de Adrián se volvió irregular.
—Esto no está pasando…
“Porque yo no me fui.”
El video se acercó al rostro.
Más oscuro.
Más intenso.
“Yo me quedé aquí… esperándote.”
La pantalla se puso negra.
El video terminó.
Silencio.
Total.
Adrián levantó lentamente la mirada.
La figura seguía ahí.
Observándolo.
Esperando.
—¿Qué quieres…? —susurró.
La figura dio el último paso.
Quedando frente a él.
Cara a cara.
Y respondió…
con una calma aterradora.
—Que dejes de fingir… y me enfrentes.
El mundo pareció detenerse.
Porque Adrián entendió algo en ese momento.
Esto no era alguien persiguiéndolo.
No era una presencia externa.
No era un intruso.
Era él.
Su mente.
Su pasado.
Su oscuridad.
Todo lo que había ignorado…
todo lo que había enterrado…
había estado esperando.
Y ahora…
ya no iba a esconderse.
El teléfono vibró una última vez.
Un nuevo mensaje.
Adrián lo abrió lentamente.
Y lo que leyó…
lo dejó completamente paralizado.
“Esta vez… no te vas.”
La luz del cuarto comenzó a parpadear.
Una vez.
Dos.
Tres.
Y cuando finalmente se apagó…
solo quedó la oscuridad.
Y una respiración.
Pero no era una sola.
Eran dos.