LA RUBIA: MI HISTORIA, MIS SECRETOS Y TODO LO QUE NUNCA ME ATREVÍ A CONTAR

Capítulo 1: Así fue mi infancia en el campo

Antes de ser «La Rubia» que ustedes ven en la pantalla, fui una niña flaca, de rodillas raspadas y pelo siempre despeinado, corriendo descalza por un patio de tierra en las afueras de Santiago de los Caballeros. Si alguien me hubiera dicho entonces que un día miles de personas conocerían mi cara, me habría reído hasta llorar. En mi casa nadie hablaba de sueños grandes. Se hablaba de la cosecha, del agua que no llegaba a tiempo, de si la gallina había puesto o no había puesto. Esa era mi vida, y durante muchos años, me pareció el mundo entero.

Nací hace treinta años en un campo cercano a la ciudad, uno de esos lugares donde el asfalto se acaba y empieza la tierra colorada, donde las casas están separadas por matas de guayaba y no por paredes. Mi abuela decía que yo nací «con el sol de frente», porque salí llorando justo cuando amanecía, y desde entonces siempre me ha gustado despertarme temprano, aunque el resto del mundo piense que soy una persona de trasnochar. Crecí rodeada de tierra, de animales, de gente que trabajaba de sol a sol y que, aun así, encontraba tiempo para reírse fuerte y cantar mientras cocinaba.

Mi mamá era joven cuando me tuvo, apenas salía de la adolescencia, y mi papá pasaba más tiempo en el conuco que en la casa. No los culpo. Así era la vida allá: uno no elegía descansar, uno elegía trabajar más para que a los hijos no les faltara nada. A veces sí faltaba, para ser honesta. Faltaban zapatos nuevos, faltaba mantequilla para el pan, faltaba tiempo para sentarse a conversar sin que el cansancio se les notara en la cara. Pero nunca faltó amor, y eso, con los años, entendí que era lo único que de verdad sostiene a una familia cuando todo lo demás escasea.

Vivíamos en una casa de madera con techo de zinc, de esas que suenan como tambor cuando llueve fuerte. Recuerdo las noches de tormenta como si fueran ayer: mi abuela encendiendo velas porque la luz se iba casi siempre, y nosotros los niños —mis primos, mis hermanos y yo— apiñados en un solo cuarto, contándonos historias de aparecidos para asustarnos entre nosotros mismos. Yo era la que menos se asustaba, o al menos la que mejor lo disimulaba. Desde chiquita aprendí que mostrar miedo era mostrar debilidad, y en el campo, la debilidad no se perdonaba fácil. Uno tenía que ser fuerte, aunque por dentro estuviera temblando.

Las mañanas empezaban con el canto del gallo, literalmente. No había necesidad de despertador porque el gallo de mi abuela era más puntual que cualquier reloj. Me levantaba, me lavaba la cara con el agua fría del tinajero, y salía corriendo detrás de mi abuela para ayudarla a ordeñar la vaca o a darle de comer a las gallinas. Odiaba esas tareas cuando era niña —quién no odiaría levantarse a las cinco de la mañana para perseguir gallinas—, pero hoy, cuando el estrés de la ciudad me aprieta el pecho, daría lo que fuera por volver a sentir ese frío del amanecer en la cara y ese olor a tierra mojada que solo se conoce viviendo en el campo.

Mi abuela fue, sin duda, la mujer más importante de mi infancia. Ella me crió más que mis propios padres, porque ellos trabajaban desde que salía el sol hasta que se escondía. Mi abuela tenía las manos ásperas de tanto trabajar la tierra, pero eran las manos más suaves cuando me acariciaban el pelo antes de dormir. Ella me enseñó a cocinar, a coser un botón, a rezar antes de cada comida, y sobre todo, me enseñó a no rendirme. Recuerdo una frase que ella repetía siempre, cuando yo me quejaba de que algo era muy difícil: «Muchacha, lo difícil no es lo que te mata, lo que te mata es rendirte antes de intentarlo.» Han pasado casi veinte años desde entonces y todavía la escucho decirlo cada vez que la vida se pone cuesta arriba.

No teníamos mucho dinero, pero teníamos abundancia de otras cosas: mangos que caían de los árboles como lluvia en mayo, guayabas que arrancábamos directo de la mata, y esas tardes eternas jugando con mis primos a orillas del río que quedaba a quince minutos caminando de la casa. Ese río fue mi primer parque, mi primera piscina, mi primer escenario de aventuras. Ahí aprendí a nadar sin que nadie me enseñara formalmente; simplemente me tiraron al agua un día y me dijeron «muévete o te hundes», y de alguna manera, siempre encontré la forma de no hundirme. Creo que esa fue la primera de muchas lecciones que la vida me daría de esa misma manera: sin manual, sin instrucciones, solo con la orden implícita de sobrevivir.

Recuerdo especialmente los domingos. Era el único día en que toda la familia se juntaba de verdad. Mi mamá se levantaba antes que nadie a hacer un sancocho que se sentía desde tres casas más allá. Mi papá, que casi nunca hablaba durante la semana por el cansancio, los domingos se sentaba en el porche con una cerveza fría y contaba chistes que ya nos sabíamos de memoria, pero que igual nos hacían reír porque él los contaba con un gusto especial. Los primos llegaban de otros campos vecinos, y de repente la casa que durante la semana se sentía tan silenciosa se llenaba de gritos, de música saliendo de un radio viejo, de niños correteando entre las patas de las sillas. Esos domingos, sin saberlo entonces, fueron los cimientos de lo que hoy soy: una mujer que ama reunir gente a su alrededor, que ama el ruido de las risas compartidas, que necesita sentir que pertenece a algo más grande que ella misma.

La escuela quedaba lejos, y para llegar tocaba caminar casi una hora, muchas veces bajo un sol que rajaba las piedras. No había transporte escolar como en la ciudad; uno caminaba con los zapatos en la mano para no gastarlos, y se los ponía justo antes de llegar al pueblo, porque llegar con los zapatos sucios de tierra colorada era motivo de burla de los muchachos que sí vivían cerca del pueblo. Recuerdo esas caminatas con una mezcla de cariño y cansancio: cariño porque las hacía con mis hermanos y primos, cantando, inventando juegos, deteniéndonos a robar una fruta de algún árbol que se asomaba a la orilla del camino; cansancio porque después de esa hora de camino, tocaba sentarse en un aula calurosa a estudiar matemáticas con el estómago todavía sintiendo el esfuerzo.

En la escuela nunca fui la más aplicada, mentiría si dijera lo contrario. Era buena para las cosas prácticas, para resolver problemas del día a día, pero los libros de texto nunca terminaron de atraparme del todo. Lo que sí me atrapaba era observar a la gente. Desde niña me quedaba mirando cómo hablaban los adultos, cómo se movían, qué gestos hacían cuando mentían o cuando decían la verdad. Mi abuela decía que yo «nací con ojos de adulto en cuerpo de niña», porque siempre estaba analizando todo a mi alrededor. Hoy entiendo que esa curiosidad por las personas, esa capacidad de leerlas, fue la semilla de lo que después se convertiría en mi forma de conectar con miles de desconocidos a través de una pantalla.

No todo en mi infancia fue dulce, sin embargo. Hubo años difíciles, de esos que uno prefiere no recordar en detalle pero que igual dejan marca. Hubo un tiempo en que la cosecha se perdió casi por completo por una plaga, y recuerdo a mi papá con la cara larga por semanas, sin saber cómo iba a resolver. Recuerdo a mi mamá vendiendo dulces que ella misma hacía, tocando puerta por puerta en el pueblo para poder comprar los cuadernos de la escuela. Recuerdo noches en que la cena era solo un pedazo de casabe con un poco de mantequilla, y mi abuela repartiéndolo con una sonrisa como si fuera un banquete, para que nosotros los niños no sintiéramos la carencia. Esas noches me enseñaron algo que llevo conmigo hasta el día de hoy: la dignidad no depende de lo que uno tiene, sino de cómo uno decide llevar lo que tiene, o lo que no tiene.

Fue también en esos años difíciles cuando empecé a soñar despierta. Me acostaba en la hamaca que colgaba entre dos árboles de mango, cerraba los ojos, y me imaginaba una vida distinta. No sabía bien cuál, no tenía referencias de nada más que mi pueblo, la ciudad de Santiago que visitaba de vez en cuando, y las novelas que veíamos en el único televisor del vecindario, prestado casa por casa cuando alguien tenía una antena que funcionaba bien. Pero algo dentro de mí sabía, desde niña, que mi vida no se iba a quedar encerrada en ese pedazo de tierra. No porque despreciara mi origen —al contrario, hasta el día de hoy es lo que más orgullo me da—, sino porque sentía, como una corazonada que no podía explicar, que había algo más esperándome afuera.

Recuerdo un día en particular, tendría yo unos ocho años, en que le pregunté a mi abuela si ella alguna vez había querido irse del campo, conocer otro lugar, ser otra cosa. Ella se quedó callada un momento, mirando hacia el horizonte donde las montañas se pintaban de ese verde intenso que solo tiene el campo dominicano al atardecer, y me dijo: «Yo tuve mis sueños, muchacha, pero la vida me dio otros caminos. Tú todavía tienes tiempo de elegir los tuyos. No dejes que nadie te diga que soñar en grande no es para gente como nosotros.» Nunca olvidé esas palabras. Con los años entendí que mi abuela, sin saberlo, me estaba dando permiso para todo lo que vendría después: para irme, para intentar, para fallar si hacía falta, pero sobre todo, para nunca conformarme solo porque «así es como son las cosas para gente como nosotros».

Mi infancia terminó, como termina la de casi todos, de manera silenciosa, sin un evento marcado en el calendario. Un día simplemente dejé de correr descalza por el patio y empecé a preocuparme por cosas de adolescente: cómo me veía, qué pensaban los demás de mí, qué iba a ser de mi vida. Pero esa niña del campo, la que se levantaba con el canto del gallo, la que nadaba en el río sin miedo, la que escuchaba a los adultos con ojos curiosos y aprendía las lecciones más importantes de su abuela en un porche de madera, esa niña nunca se fue del todo. Vive todavía en mí, en cada decisión que tomo, en cada video que grabo, en cada vez que alguien me pregunta quién soy realmente y yo, antes de contarles cualquier otra cosa, pienso primero en aquel patio de tierra colorada donde todo comenzó.

Hoy, cuando la gente me ve en redes sociales, ve maquillaje, ve luces, ve una versión pulida de mí. Pero detrás de todo eso sigue estando esa niña de Santiago de los Caballeros que aprendió, desde muy pequeña, que la vida no regala nada, que hay que trabajarla, quererla y agradecerla, aunque a veces duela. Esa niña me enseñó a ser fuerte sin dejar de ser sensible, a soñar sin perder los pies de la tierra, y a nunca, pero nunca, olvidar de dónde vengo.

Este es solo el comienzo de mi historia. Lo que vino después —los secretos, las decisiones difíciles, las cartas que cambiaron mi rumbo— eso se los voy a ir contando poco a poco, capítulo a capítulo, porque hay historias que uno no puede contar todas de una vez. Algunas necesitan tiempo. Necesitan que confiemos un poco más el uno en el otro. Así que si llegaste hasta aquí, gracias por acompañarme en este primer paso de vuelta a mi infancia. Nos vemos en el próximo capítulo, donde les voy a contar el secreto que guardé durante años… uno que ni mi propia familia conoce por completo.

Continuará en el Capítulo 2: El secreto que guardé durante años.

Scroll al inicio